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domingo, 4 de agosto de 2019

La Danza de Henri Matisse

La Danza de Henri Matisse, 1909

LA DANZA DE HENRI MATISSE


Estás jóvenes danzan con tal frenesí
que se contorsionan vehementemente
y de tal manera se entregan
que no parece fruto de su voluntad
sino de una suerte de enteógeno.

Las hemos pillado en trance,
arrebatadas por una vorágine
tan apasionada y violenta
que el corro se rompe,
pero la inercia y el delirio mantiene.

Es una pasión sensual extrema,
sus cuerpos desnudos hierven
y se enlazan en la intemperie fría
presagiando, quizás conjurando,
la fecundidad de la madre naturaleza.

No es el presente el escenario
ni es un sueño donde tiene lugar,
más bien es el paisaje indómito
del anhelo y del instinto,
de una llamada ancestral y arquetípica.

Pasión y locura que arrebata
hasta el punto de perder el juicio
hasta la extenuación y el agotamiento:
¿será el amor el que convoca y une
o más bien un fuego que todo consume?

¿Qué prurito aguijoneó a Matisse
para regresar o refugiarse o reivindicar
este jardín de las delicias,
donde el arrebato tiene sesgo de locura,
y la fruición va de la mano del vértigo,
en un turbulento cóctel de sentimientos?

sábado, 8 de junio de 2019

Brindis pascual en Pentecostés

El motivo de la portada está tomado de la letra capital «D»
del antifonario del
tiempo pascual procedente del Monasterio de Espeja
y que se custodia en la Catedral
del Burgo de Osma (Soria)
Vemos una representación de Pentecostés, según nos la cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles: «Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos». Centrando la escena vemos a María, y frente a ella reconocemos nimbada a la Magdalena.


BRINDIS PASCUAL
Solemnidad de Pentecostés,
en Cabanillas, villa del Reino de Navarra,
el 23 de Mayo del Año del Señor, 2010.

Suba nuestra alabanza
al Dios que ha recibido complacido
la sangre derramada de Nuestro Señor Jesucristo
y ha levantado su nombre sobre todo nombre.


Suba nuestra alabanza
porque el Resucitado ha insuflado su Espíritu
en una minúscula cuadrilla de apóstoles vacilantes
y los ha enviado como signo de reconciliación entre las gentes.


Suba nuestra alabanza
en esta gloriosa fiesta de Pentecostés
porque ha sentenciado la maldición de Babel
izando el estandarte de la fraternidad universal.


Suba nuestra alabanza
porque Dios viene a despertar
nuestra ilusión adormecida
y la utopía que alienta en nuestros corazones.


Suba nuestra alabanza
porque el Espíritu de Dios nos hace renacer
desplegando horizontes de esperanza
y balanceándonos en las alas de la confianza.


Suba nuestra alabanza
porque en este día descubrimos
que solamente el amor
hace sobrarse a la vida.


Suba nuestra alabanza
por el servicio humilde y gratuito
de todos los que sostienen y avivan
los pábilos débiles y vacilantes.


Suba nuestra alabanza
porque del corazón entregado y alanceado de Nuestro Señor
han brotado en un torrente de sangre y agua
los sacramentos de la Iglesia.


Suba nuestra alabanza
al Dios que creó los cielos y la tierra
y nos ha elegido en su Hijo Jesucristo
para ser imagen de su propia gloria.


A Dios creador,
a Jesucristo redentor,
al Espíritu santificador,
sean las alabanzas, el honor y la gloria
por los siglos de los siglos. AMÉN.



La Ascensión de Jesucristo de Salvador Dalí

Ascension de Jesucristo, de Salvador Dalí, 1958. Colección de Juan Antonio Pérez Simón.



LA ASCENSIÓN DE JESUCRISTO A LOS CIELOS

Publicado en el folleto de las Primeras Comuniones
de la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de Cabanillas (Navarra)
celebrando la solemnidad de la Ascensión del Señor Jesucristo,
el domingo 20 de Mayo del año del Señor, 2012.


El pronunciado escorzo de Cristo imprime a la obra un marcado dinamismo ascensional. El dramatismo del acontecimiento se sitúa en un marco mítico en el que Cristo resplandeciente se abre paso disipando los oscuros y amenazantes nubarrones de la tormenta que se enseñoreaba de la tierra. Esta batalla se acentúa por las manos crispadas de Cristo que se abren paso rompiendo las coyundas de la muerte, haciendo estallar las impenetrables y densas tinieblas. El Señor resucitado es aquel que entregó su vida en el altar de la cruz: su postura nos evoca el sacrificio. Echamos de menos los estigmas, atendiendo a sus palabras: “Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo” (Lc 24,39). No obstante, la crispación de dolor que expresan sus manos nos recuerdan que fueron taladradas por la injusticia. Cristo entra victorioso en el misterio trinitario de Dios, simbolizado no sólo figurativamente sino mediante el triple círculo y un núcleo atómico como fuente de la energía, sugerido por una esfera de girasol. Su inflorescencia adopta una espiral de Fermat, que sabemos sigue la disposición aurea, subrayando su carácter de fuente primera y creadora. Pero no sólo eso, el simbolismo solar aureola a Cristo e ilumina al mundo sumido hasta entonces en las tinieblas, cumpliéndose plenamente la profecía de Zacarías, padre de Juan Bautista: «Por la entrañable misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte...» (1,78s.) La tierra no aparece porque el diluvio la ha anegado, pero hoy es el día en el que Cristo entra en las entrañas de nuestro Dios, iluminando y poniendo límite a las aguas oceánicas que sumergían la tierra, bajo su manto oscuro.