sábado, 29 de junio de 2019

Boda de Adrián y María

Adrián y María con los amigos de Zirauki bajo una lluvia de confetis


CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO DE ADRIÁN Y MARÍA

Víspera de la solemnidad de la Santísima Trinidad
Capilla de las Hijas de San José de Pamplona
el 15 de Junio del año del Señor, 2019

—«¿Qué tal vas, María?»
—«Como un flan».
—«Pero después de tanto tiempo preparando este momento…»
—«Ya sabes, te pueden los imprevistos, puede llover o no, y tantas cosas».
—«¿Y por qué te preocupas de algo que no puedes evitar?»
—«Somos así».
—«Y Adrián, ¿cómo está?»
—«Nervioso pero contento».
—«¿Y los amigos?»
—«Están contentos, con muchas ganas, tienen mucha ilusión,
¡Es su primera boda!»

Y, sin más prolegómenos, pasamos a ultimar los detalles de la celebración y no me resistí a preguntarle a María si la celebración del matrimonio precisa, como unos comicios electorales, de un día previo de reflexión.

—«No es lo mismo pero tiene algo en común. De hecho, yo estoy en casa de mis padres y Adrián en la de los suyos».

Pero, sin dudarlo ni un momento, me confirma con aplomo:

—«Sabemos dónde nos metemos».
—«Hombre, rodaje ya tenéis después de once años de noviazgo… Pero ¿estás tan segura de que sabéis dónde os metéis?»

Lo cierto es que no sabemos muy bien lo que nos deparan todas las empresas importantes de nuestra vida, si estaremos a la altura de nuestro compromiso, si podremos mantener la tensión que nos llevó a dar el primer paso…

Yo buscaba esta semana símbolos del matrimonio en la emblemática clásica, y el más común de todos parecía ser el yugo. Ya sabéis, el apero con el que uncían antaño a los bueyes para arar la tierra o transportar mercancías. El yugo se me antojaba a mí, y esto subrayado por el lema que ilustraba a modo de filacteria el grabado del emblema, como un instrumento de servidumbre, bajo una tarea y un esfuerzo agotador, una imposición para armonizar el ritmo y la dirección… Aplicado al matrimonio no parece este un camino muy halagüeño y seductor.

En esta búsqueda y reflexión me sorprende la visita de una amiga, a la que hago partícipe de mi alegría de participar en la boda de mis amigos, como un crío en la víspera de una excursión. Y me atiza sin contemplaciones:

—«Esto de la pasión de los novios no deja de ser una trampa de la naturaleza, que no escatima resortes bioquímicos, para lograr la multiplicación de la especie, porque si no fuera así no se casaría nadie».

Y yo reacciono contrariado ante el jarro de agua fría:

—«¿Cómo le puedes hablar así a un cura en la víspera de un matrimonio?»

Mi mente alborotada divaga buscando una respuesta satisfactoria. En la antigüedad clásica los mitos hablaban de los seres humanos en sus orígenes como esferas completas. Fue la voluntad o el consentimiento de los dioses la que, para frenar la imbatibilidad y la arrogancia de la humanidad, los dividió por la mitad, y desde entonces cada semiesfera busca aquella que la complementa: ¡La media naranja!

La fe cristiana nos revela algo muy distinto y más profundo. Somos imagen y semejanza divina. Por eso no es extraño que llevemos en nuestros genes la pulsión y la vocación de parecernos a nuestro creador.

En esta víspera de la solemnidad de la Santísima Trinidad paladeamos esa oración del Pueblo de Dios: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno…» Y nos dejamos ilustrar por las palabras del apóstol cuando dice que Dios es amor y, en esa dinámica de su amor, descubrimos tres Personas distintas. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único Jesucristo para rescatarnos de la oscuridad y darnos la vida plena. En su entrega, como el grano de trigo en el surco, ha florecido el Espíritu Santo. El resucitado lo derramó en Pentecostés para que las entrañas de nuestro ser hiervan y nos encaminemos hacia la unidad mística en Dios.

Este anhelo de fusión divina, sin diluir nuestra personalidad, se alimenta de la práctica del amor. Esta comunión mística plenificante la buscamos en la pareja, en la familia, con los amigos, y también, aunque sea de manera parcial, en el equipo de fútbol, con los compañeros de trabajo, con los vecinos… Y todas estas experiencias de unidad son una participación sacramental de la comunión universal en Dios, como un aperitivo del banquete inimaginable, maravilloso y desbordante del cielo. A Dios uno y trino nos dirigimos porque somos imagen y semejanza suya.

Es una bendición y una dicha admirable poder compartir y gozar con vosotros, queridos Adrián y María, en la fiesta de vuestro matrimonio. Muchas gracias por elegirnos e invitarnos para este momento tan especial que, maravillosamente, nos zambulle y nos refresca en vuestro amor. ¡Qué hermoso rincón habéis elegido para rubricar vuestra alianza, esta iglesia tan bonita y acogedora, en este bosque de Labrit exuberante de verdor primaveral, junto al puente de la Magdalena que une ambas riberas del Arga!

Cuentan las abuelas de Villanueva de Aezkoa que, en las noches luminosas de plenilunio, las brujas del valle se reúnen en lo alto del Petxuberro para disfrutar en sus aquelarres. Después de pasar toda la noche entre dimes y diretes, poniéndose al día con toda clase de chanzas y cuentos, tanteándose y vacilando con martingalas y triquiñuelas, brindando, danzando, jugando y cantando, se despiden de la siguiente manera: «Etxean zaharrak, canpoan gazteak», que viene a significar: «En casa envejecemos, fuera rejuvenecemos».

Encerrados en nosotros mismos nos volvemos viejos, saliendo al encuentro de los otros nos volvemos jóvenes. Estas brujas, que son tan viejas como sabias, han encontrado la chispa divina de la vida. Para vivir la vida y apurar nuestra vocación humana hay que abrirse de par en par en donación de amor, salir del remolino de nuestra soledad y egoísmo para ir al encuentro del otro y de los otros, aprendiendo de la dinámica divina. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó primero y vino a nuestro encuentro, incluso siendo pecadores.

¡Que Dios bendiga nuestra asamblea convocada de enhorabuena y felicitación en la fiesta del amor de Adrián y María; que Dios bendiga el amor de nuestros queridos amigos y le dé vigor y profundidad; que Dios bendiga nuestra amistad y la haga crecer hasta el cielo!

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