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sábado, 5 de octubre de 2019

Boda de Manuel e Idoia

Manuel e Idoia con los amigos de Azagra el día de la boda (por cortesía de Carlos Fresno)


CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO DE MANUEL E IDOIA

En la iglesia parroquial de Azagra,
en la fiesta d
el equinoccio de otoño,
21 de Septiembre del año del Señor, 2019

Un escenario solemne para una profesión solemne.
Para rubricar vuestros votos esponsales
habéis elegido la iglesia de nuestro pueblo.
 


Toda la arquitectura y el mobiliario de la misma
pretenden visibilizar una presencia invisible pero real
de nuestro Dios y los santos del cielo y de la tierra.
 


El Señor Jesucristo centra el retablo en su ascensión
y, ya os digo, está tan presente en medio de nosotros
como antaño en las bodas de Caná de Galilea.
 


En el ático lo vemos crucificado con una interpelación:
—«¿Queréis dar sentido a vuestra vida?»
—«¿Queréis que vuestra vida tenga sentido?»
 


Dar la vida por los demás
es el camino abierto por el Salvador.
¡Buen lema en el frontispicio de vuestro matrimonio!
 


A los pies de la cruz, en el Calvario,
encontramos a la Madre de Dios
y al discípulo que tanto quería Jesús.


¿Para qué hablar de fidelidad
si tenemos el testimonio de la Madre de Dios
desde la Anunciación hasta la donación de la cruz?


¿Para qué hablar de pasiones
si vemos al discípulo que reposó su rostro en el pecho del Maestro
con los ojos empapados en lágrimas al pie de la cruz?


En las calles laterales del retablo nuestros padres en la fe,
mejor diremos nuestras madres, San Cernin y San Fermín,
porque ellos nos engendraron para la fe.
 


A vuestro lado, queridos Manuel e Idoia, vuestros padres,
que tienen mucho rodaje y mucho que decir.
Nacho y Anabel, tal día como hoy pero en 1984, contrajeron matrimonio.
 


Llenando la iglesia y arropándoos con su cariño
vuestros familiares y amigos,
elegantes y distinguidos los caballeros
            y las damas presumidas como modelos en la pasarela.
 


¿Quién os iba a decir hace trece años,
cuando contabais con diecisiete
y os librasteis de votar, cosa que no lograréis este año,
 


que aquel encuentro tímido e impaciente en el Tuareg
os iba a traer hasta aquí,
hasta la mesa de la Eucaristía?
 


¿Qué música sonaba entonces?
«Me gustas mucho, tú
Tarde o temprano seré tuya y mío tú serás…»
 


Uno se para y echa la mirada atrás
y piensa que ninguno sabemos
por qué, cuándo, cómo y dónde nace el amor.
 


Sois quintos y juntos habéis ido a la escuela,
juntos en la catequesis de primera comunión, confirmación…
¡Llega el amor y da la vuelta a todo!
 


Hay muchas canciones de amor,
casi todas lo abordan de una manera u otra,
pero a mí me parece oportuna esa de la otra Rocío:
 


«Como una ola, tu amor llegó a mi vida.
Como una ola de fuerza desmedida,
de espuma blanca y rumor de caracola. Como una ola».
 


El amor te empapa
y te cala hasta los huesos,
vistiendo tu vida de rocío primaveral.
 


Aquí estáis en el equinoccio de otoño
y parece que va a llover,
como vaticinaban los augures del tiempo.
 


Ya sabéis lo que toca:
«Al mal tiempo, buena cara».
El tiempo, como el contexto, escapa de nuestro control.
 


Si dependiera de él nuestra felicidad
íbamos aviados.
Y, ¿cuál es nuestra postura? ¿quejarnos?
 


A nadie le agrada mojarse
pero si es cierto que sin el sol no hay vida,
también lo es que sin la lluvia tampoco.
 


Nos viene a las mientes
recitar aquellos versos del poeta:
«
Una tarde parda y fría 


de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales».
 


Comienza el curso en el otoño.
Se reanuda la vida.
Comenzáis una nueva etapa.
 


Cuando el árbol se despreocupa
de la floresta y adornos primaverales
para madurar en su interior.
 


El tiempo de la caída de la hoja
evoca y remite al crecimiento interior,
a afianzarse consolidando el tronco y las raíces.
 


La parábola de Jesús sobre el administrador perspicaz
nos urge a ser precavidos y espabilados,
no a despreocuparnos en la ingenuidad.
 


No hace falta ser un lince para encontrar algún ejemplo.
—«¿Piensas, Idoia, que Manuel no te va a fallar?»
—«¡Y tú también le fallarás a él!»
 


¿Por qué entonces no adoptar hábitos saludables,
humildad para pedir perdón y magnanimidad para perdonar,
para cuando lleguen estos momentos tan desazonadores?
 


Hay muchos momentos de turbación grande
pero también los hay de dicha desbordante.
Pero en la fe todos ellos son para vuestro bien.
 


Y acoged también en el inicio de vuestro matrimonio
esa advertencia de Jesús, ¡no la echéis en saco roto!:
«No podéis servir a Dios y al dinero».
 


Servir a Dios es amarle con todo el corazón,
es amaros el uno al otro con toda el alma,
es amar con delirio al mundo entero…
 


Servir a Dios es amar a sus hijos,
es amar a vuestras familias y amigos,
es amar a los pobres y a los desgraciados…
 


Servir a Dios es amar al mundo sin ser mundano,
es amar para humanizar al mundo,
es amar la vida con, desde y para el compañero...

domingo, 15 de septiembre de 2019

La Virgen del Rosario nos convoca con un mensaje maternal

Virgen del Rosario, patrona de Fontellas (Navarra)

LA VIRGEN DEL ROSARIO NOS CONVOCA CON UN MENSAJE MATERNAL

Homilía en la fiesta patronal de la Virgen del Rosario
de Fontellas (Navarra), el 5 de Septiembre del 2019,
en la iglesia parroquial de la villa



Las fiestas patronales las comenzamos
celebrando gozosamente a nuestra patrona
y manifestándonos bajo su manto
a través de las calles de nuestra villa.


Sentimos que su presencia cercana,
cuando se arrima a nuestros hogares
y deambula por las calles de nuestro hábitat cotidiano,
es una enseña de protección y salvación.


Pero nuestra Señora viene a nosotros,
en esta jornada festiva
en que nos convoca a todos a una mesa común,
con un mensaje maternal.


Todas las madres se gozan
reuniendo a sus hijos
en una mesa de fraternidad
hasta que exhalan el último hálito de su vida.


Nos sorprende que esta fiesta de la Virgen del Rosario
tenga su origen en una victoria militar
de la Liga Santa contra los turcos,
que dilucidó la suerte de Europa en los siguientes decenios.


Pío V, para conmemorar la batalla de Lepanto en 1571,
instituyó la fiesta romana de Nuestra Señora de la Victoria,
y, dos años más tarde, Gregorio XIII, cambió su nombre
por el de Nuestra Señora del Rosario.


Este combate naval cercenó de forma drástica
el expansionismo militar otomano en Europa
y las incursiones de los corsarios en el Mediterráneo,
pero a nosotros nos da mucho que pensar.


Alguno interpretará el conflicto como un choque de civilizaciones,
un enfrentamiento entre la Cristiandad y el Islam,
enquistado en la historia de la humanidad
como una maldición inexorable.


Nos queda en lo profundo una desazón grande
porque no terminamos de entender cómo la fe de un musulmán
arraigada en los cinco preceptos que nos enseñaron en la escuela,
esto es, la fe en Alá y en Mahoma su profeta,


la oración en las cinco horas que jalonan la jornada,
la limosna solidaria con el necesitado,
el ayuno que endereza los instintos del cuerpo
y la peregrinación a la Meca, que nos evoca nuestra condición humana;


así como la fe cristiana en el Dios uno y trino,
y la vida profesa por el Bautismo en la Santa Iglesia,
sean la clave para entender e interpretar
esta inquina multisecular e irresoluble.


Más bien parece que es el ansia de poder de los imperios,
que somete a los pueblos en una jerarquización deshumanizadora,
quien provoca estas conflagraciones lamentables y amargas
entre las naciones y las culturas.


¿Pensáis que la Virgen del Rosario,
Madre de Dios y madre nuestra,
se posiciona a favor de unos hijos
que se empeñan en machacar a sus hermanos?


No creo que ella sea así, tan belicosa,
pero sí lo son los dirigentes de ambas tradiciones,
aprisionados en los resortes del poder
y serviles con los intereses perversos del mismo.


Siempre han sido hombres estos dirigentes,
hombres según el modelo del patriarcado…
Mirad cuántas mujeres alcaldesas o dirigentes de los partidos
hay entre vosotros, que gestionáis la vida pública.


Siempre que hay dinero de por medio
están los hombres disputándose las parcelas de poder.
En cambio, cuando se trata de servir «gratis et amore»,
sólo encontramos voluntariados de mujeres.


Otro tanto ocurre en la Iglesia de Dios, y de forma alarmante.
«Homo sum, et humani nihil a me alienum puto».
La subordinación de la mujer al hombre
clama al cielo como un desafuero despiadado.


Cuando hablo de la mujer no estoy pensando
en aquella que ocupa miméticamente el puesto del hombre
y solamente le falta la barba
para ser un calco del mismo.


Pienso en la mujer desde la maternidad.
No creo que una mujer críe a sus hijos
para mandarlos a la guerra
y verlos desangrar en el campo de batalla.


La guerra no soluciona los problemas
sino que los agudiza y multiplica
atrapando a los pueblos
en una espiral de violencia y de venganza deshumanizadoras.


La mujer, desde la maternidad,
esta avezada a negociar con los mayores,
porque es ella, sobre todo ella, frente a los hombres,
quien les sirve y atiende en sus postreros años.


La mujer, desde la maternidad,
no duda un instante en negociar con los hijos adolescentes,
que se ponen el mundo por montera,
prestos y fáciles para echar un pulso a sus mayores.


Ella confía en que, con lágrimas, fortaleza y paciencia,
ganará al hijo «rebelde»
y otorgará años de felicidad al abuelo que ya pierde el equilibrio,
para bien del hogar y de la familia.


Es el hombre conformado por la mentalidad patriarcal
el que no negocia ni entiende de estos negocios
sino que declara la guerra para imponer su criterio
en un conflicto insoluble: o «tú o yo».


Si las mujeres, desde la maternidad,
fueran las responsables de la educación de niños y jóvenes,
¿pensáis que esta estaría prioritariamente encaminada a moldearlos
para insertarlos en la maquinaria económico-productiva?


Si un chaval no encaja y no es manipulable,
por su forma de ser o su carácter o su sensibilidad,
pensemos, por ejemplo, en un chico autista,
simplemente no sirve para nada, no tiene sitio, se le margina.


Esta forma de entender la vida, que se llama capitalismo,
compele, doblega, viola y configura a las gentes
y se impone en nuestras sociedades occidentales
y a todos los pueblos del mundo.


Los hombres conformados según el patrón del patriarca
no entienden el valor de la negociación.
Fijaos en los políticos que nos gobiernan
y nos abocan irremediablemente a unas elecciones.


No importa el coste de estas, ¿150 millones de euros?,
ni si la solución vendrá con estos futuros comicios,
simplemente los hombres, inflexibles, intransigentes, inquebrantables,
no negocian, sólo batallan.


Bien resumida esta manera de posicionarse ante la vida
por el eslogan que rezaba en aquel regimiento de infantería,
como santo y seña de un puñado de aguerridos militares:
«Por su valor y decoro, vencer o morir».


Pero es bien cierto que este mundo está reclamando al cielo,
como antaño la sangre de Abel derramada,
a esa mujer nueva, vestida del sol y la luna por pedestal,
que gime bajo los dolores del alumbramiento del hombre nuevo.


¿Pensáis que es la imaginación de un enardecido vidente?
María, la joven virgen, e Isabel, la anciana estéril,
son fecundadas por la gracia y el Espíritu de Dios,
porque para Dios nada hay imposible.


La fe de estas mujeres abre el camino a dos criaturas
que inaugurarán los cielos nuevos y la tierra nueva.
Visitar y ser visitada, salir al encuentro y acoger para ser bendecida…
Y las criaturas nuevas brincan de alegría en sus vientres.


La fe en el proyecto divino,
la utopía del Reino de Dios,
que socava el pedestal y la razón de los potentados
y rehabilita a las masas de los humillados.


La fe que despierta la esperanza en los hambrientos
y desvalija la propiedad de los acomodados
es la que abre camino a la maternidad
que concibe al ser humano nuevo.


En esta economía nueva de la salvación
ya no tiene cabida la violencia cainita
ni el martillo opresor de los imperios
desde Egipto y Babilonia a los actuales.


Pero si la fe consagra de novedad la maternidad,
la maternidad es un sacramento admirable de la creación,
y fluyendo a través de ella la gracia divina,
va disponiendo a la mujer para la fe.


Por eso la mujer descubre místicamente en su maternidad
el proyecto novedoso de Dios para este mundo nuestro avejentado:
el sueño que María desveló en su encuentro con Isabel,
cantando y regocijándose en el Dios salvador y liberador.


En esta fiesta de la Virgen del Rosario, nuestra patrona,
salgamos de nuestras vetustas patrias y nuestras rancias culturas,
y pongámonos en camino hacia la tierra nueva que Dios nos mostrará.
¡Sólo así seremos bendecidos y tendremos posteridad!